Afilando navajas con el cuero de mi correa, revolviendo los pesares al ritmo de los vientos. Me gusta rasurarme con una navaja al estilo antiguo, quiero correrme el riesgo del tajazo. Hay algo en el micro segundo donde la piel queda ultrajada por el filo que me emociona. No se si nunca han percatado pero toda ruptura de pellejo tiene un peculiar sonido. Dejemos de divagar en sandeces y entremos al punto.
Caminaba por esos pasillos embalsamados de hongos y comencé a leer los anuncios. Así percatándome de la venta de un kit de disección. ¿Que bello es todo, no? Mi ocupación de ocio se basa en desmembrar a las bestias y colgarlas frente a las puertas de mis colegas de oficina. Ratones, perros, gatos, lagartijos, gallinas, cualquier animal que usted encuentre por ahí ya ha sido utilizado para mi pequeño pasatiempo. Llámenlo una infantilidad que no he dejado ir todavía, algo que siempre he disfrutado y me motivó a tragarme dos años fallidos en la facultad de Ciencias Naturales. Pero tras el fracaso dí un pingponazo multidisciplinario a sistemas de oficinas por su poca complejidad y me posiciono a conocer una verdadera gama de mediocres.
Mediocres en fin, yo soy esa pequeña lumbrera de emoción en su diario vivir. La nota discordante que le da el explosivo final a cualquier aburrida sinfonía olvidada por mis colegas los normalillos. El achiote que enrojiza todo lo que es a termino medio de estos personajes de la vida cotidiana. Ellos son los que ataponan el expreso en la tarde para regresar a su Bayamón, Caguas, Toa Baja, Gurabo, Cayey, Vega Baja, y cualquier pueblucho que se quiera poner en la periferia de mi dominio metropolitano. Quiero aterrorizarlos con carne que nunca han probado por su exagerada mediocridad.
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